jueves, 24 de mayo de 2012

ASESINA DE PUREZA

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Fue la Tierra, la misma que había sostenido mis primeros pasos, la que nunca me dejó caer más allá de sus fronteras, la que me ensució de vida. 
Ella misma fue la que me arrebató a sangre la inocencia, rasgándola de mi cuerpo para saciar su infertilidad, desnudándome como lo hace un violador de alegrías, desarraigando la ternura que una vez anidó en mi.

 

Juan Carlos Pascual

lunes, 21 de mayo de 2012

LA CAJA DE MI NIÑEZ

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Cuando era pequeño tenía un lugar especial al que me gustaba ir.  Era una caseta de madera construida en las ramas de un árbol centenario que tenía sus raíces arraigadas en las tierras de mi barrio.  La frondosidad de las hojas hacía que la caseta apenas fuera visible, y casi nadie conocía su existencia.  Así que mi amigo Julián (que no existía) y yo trepábamos todas las noches, mientras mi cuerpo dormía plácidamente en la casa de mis padres, para vivir los momentos más mágicos que un niño pueda imaginar.

En aquel lugar inventamos el mundo.  Fuimos los dioses que con paciencia pero con pasión crearon leyendas habitadas por dos tipos de seres:  Los coloridos y los apagados.  Los seres coloridos eran los dominantes, ellos custodiaban la llama de la Alegría y con cualquier excusa preparaban una celebración llena de cánticos, risas, bailes y diversión.  Pero a pesar de ello vivían con la infundada inquietud de que la llama de la Alegría pudiera apagarse algún día y el caos y el desconcierto se apoderaran de ellos.  Así, a pesar de vivir en una continua fiesta, el temor era una constante presente en sus corazones.
Y luego estaban los seres apagados, una minoría de personitas desaturadas que habitaban en las afueras del reino.  Los coloridos los habían desterrado allí para que vigilaran y no permitieran que nadie ajeno a su reino se adentrase en él, lo cual era imposible, pues en este mundo no existían más formas de vida. 
Estos seres apagados se crearon a partir de la tristeza de verse abandonados, pero tenían una sabiduría interior que les hizo juntarse y vivir abrazados unos a otros.  Así transcurría su vida, sin sobresaltos pero apacible, y con la inmensa felicidad de vislumbrar una vez cada cierto tiempo un pequeño chispazo de la gran llama de la Alegría, lo cual alegraba sus corazones de manera plena.

Julián y yo nos identificábamos con estos seres desaturados, apartados pero felices. 
En aquella caseta del árbol creamos los dos un vínculo especial y eterno, jurando que en nuestra inexistencia siempre acudiríamos a la llamada del otro para ir a refugiarnos en nuestro hermoso escondite.
Y cuando los años fueron pasando y logramos intuir que la niñez se difuminaba, hicimos lo único que se podía hacer:  guardamos nuestros mundos, nuestros reinos, nuestras casetas, nuestros vínculos y nuestra inocencia en una pequeña caja secreta que cerramos a cal y canto y escondimos en nuestros recuerdos con la esperanza de volver a desenterrarla algún día futuro.

Hoy soy un hombre “adulto” y la infancia no es más que un vago recuerdo.
Pero esta noche mientras soñaba, una dulce remembranza me trajo de nuevo mi caja de la niñez, de la que apenas ya tenía conciencia, y al verla una aguda emoción envolvió mi pecho dormido y no pude más que abrirla con lágrimas en los ojos.  Al hacerlo, una forma diminuta salió fulgurante y se presentó ante mi.  Era una muchacha colorida que portaba una antorcha en la mano, y mientras me la entregaba me explicó cómo en el reino que habíamos inventado Julián y yo los coloridos habían encontrado la manera de no sufrir pensando en la desaparición de su llama de la Alegría.  La solución la hallaron gracias a uno de los apagados, que les recomendó que igual que hacían ellos con los abrazos, la llama podrían repartirla en miles de pequeñas antorchas que iluminaran todo el reino, y eso hicieron incluyendo las afueras apagadas, haciendo que la fronteras invisibles desaparecieran entre ellos.

Ahora cada noche cuando me voy a dormir, apago la luz y enciendo la antorcha.

 

Juan Carlos Pascual

sábado, 28 de abril de 2012

FLOR PRIMAVERAL

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Un desamor, un nuevo desengaño, vuelta a la amargura y la tristeza, colores "ocrizos" que llenan la habitación de desconsuelo.  Un pétalo que se descuelga.
Tan sólo un pétalo. 
Un tallo bien plantado venciendo a la gravedad y las tempestades.
Toda una flor por disfrutar. 
Estrellas la iluminan.  Rojo sempiterno.

 

Juan Carlos Pascual

jueves, 19 de abril de 2012

MIEDOS FICTICIOS, MIEDOS REALES

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Miedo.

Miedo a mostrarme, a ser visto, a exhibir mi vulnerabilidad.
Miedo a ser lo que no soy, a que mi parapeto caiga sin remedio, a bajar la mirada por ser descubierto.
Miedo a poner de manifiesto mi “emocionalidad”, a encontrarme un día desnudo delante del mundo sin mayor protección que mi propio cuerpo.
Miedo a desglosar mi propio imaginario interior en un escenario artificioso pleno de perversa inconsciencia.
Miedo a vomitar mi otro yo, ese que nadie más conoce.

No.
¡No!

El miedo real es miedo a no mostrarme, a no ser visto, a que mi vulnerabilidad no sea enfrentada.
Es miedo a no ser lo que soy, a esconderme tras turbios escudos, a no devolver miradas puras.
También miedo a no enseñar mis sentimientos, a no ser capaz de desnudarme y librarme de las ataduras atávicas de hace tantas vidas.
Es un maldito miedo a que mi mundo interior sea tan profundo que al final se quede encerrado bajo candado custodiado por mi ceguera emocional.
Y miedo a que nadie me descubra, a la infinita soledad de la sinrazón, de la cárcel autoimpuesta.

Todo lo demás no son más que quimeras.

 

Juan Carlos Pascual

martes, 3 de abril de 2012

EL JÚBILO DE NUESTRA NIÑEZ

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La infancia que rigió mi generación estuvo exenta de consolas de videojuegos, no había internet, y la tecnología más avanzada consistía en idear teléfonos uniendo dos vasos de plástico con un largo cordel.  Jugábamos en la calle, con los amigos del cole o con los vecinos.  Nuestros padres no necesitaban tenernos vigilados en cada momento, nos dejaban la tarde a nuestras anchas para que inventáramos las peripecias más increíbles, forjando poco a poco un espíritu soñador y aventurero.  La verdad es que no necesitábamos gran cosa, tan sólo juntarnos con la pandilla.  Y así sobre la marcha siempre terminaba surgiendo algo maravilloso por hacer.

Recuerdo una vez que un niño afirmó haber visto un gnomo en un descampado cercano.  No hizo falta nada más, era algo suficientemente extraordinario como para tenernos explorando el terreno durante varios días, notando cómo se aceleraban nuestros corazones cada vez que creíamos ver que algo se movía debajo de un pedrusco o cuando el viento agitaba los hierbajos que a duras penas crecían y alguno de la pandilla gritaba: “allí, allí!!!”
En otra ocasión una niña nos chivó que habían encontrado un cadáver en las acequias que ponían frontera entre el barrio y el mundo exterior.  Allí estuvimos, por supuesto, y nada vimos con nuestros ojos aunque nuestros cerebros nos jugaran malas pasadas creando pesadillas que surcaban nuestras noches sucesivas.

El juego que más nos gustaba era uno de lo más simples y universales:  el escondite.  A mi me encantaba tener a todos delante y cerrar los ojos pegándome a un árbol o una pared para contar hasta 100.  Cuando estaba a punto de terminar la cuenta mi cuerpo ya estaba en modo alerta, relleno de emoción contenida.  Al despegar los párpados, mirar delante y encontrar el mundo vacío, se desataba la adrenalina y me ponía a recorrer la plaza y los aledaños buscando a mis amigos en cada recoveco.  Era sin duda una exploración del universo, una búsqueda de mí mismo, un momento sublime de meditación guiada por mis adentros.  Después de encontrar al último de los escondidos y correr hasta el punto de partida para gritar su nombre sintiéndome ganador, mi cuerpo al final se liberaba de toda tensión y se rendía a una plácida sensación de felicidad.

Después crecí, como hicimos todos.  Nos hicimos “adultos” y perdimos el contacto.  Dejamos de escondernos en los sitios más variopintos para hacerlo dentro de nosotros mismos, nos encarcelamos sin saber por qué en responsabilidades y convenciones sociales, y en muchos casos se quedaron atrás las ganas de vivir, de jugar, de ser feliz sin tener nada, de ser realmente sabios.
Pero la esperanza siempre está ahí, la vida sigue dándonos (aunque sea a trompicones) momentos inexplicables en los que volvemos a encontrar la chispa, el brillo en los ojos, el corazón acelerado, y nos sobrepasan las ganas de hacer mil cosas, y sin saber por qué nos encontramos revolviendo un cajón hasta encontrar un viejo tirachinas o unas canicas que desempolvar, salimos a la calle felices, sintiendo el sol calentar nuestro rostro, y sin poder evitarlo, terminamos cerrando los ojos y sonriendo.

 

Juan Carlos Pascual

miércoles, 28 de marzo de 2012

PRINCESA

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No soy un caballero de reluciente armadura cargado de un valor sin límites que traspasa todos los confines.
No sé nada de dragones que escupen fuego, de antiguos castillos amurallados que esconden reinos en su interior, de justas medievales en las que el honor es la mayor recompensa.
Soy incapaz de cabalgar con soltura sobre los lomos de un noble corcel, de abatir a los nueve monstruos que custodian elixires de secretas propiedades, de recorrer imperios enteros a fin de registrar territorios desconocidos.
Tampoco sabría emprender la búsqueda de un santo cáliz, sumergirme en los océanos para encontrar tesoros con capas de coral o entrenar halcones que surquen los cielos enviando mensajes cifrados.

Y si bien no creo en cuentos de hadas aunque los escriba con plumas entintadas en arena de mar, o pese a que me harte a usar la razón si bien mi imaginación se rebela continuamente y echa a volar con su propia inercia, a pesar de todo ello, que sepas que me voy a romper la vida por hacerte sentir como una princesa de un libro que tiene aún una enorme cantidad de páginas por llenar.

Dedicado a mi Sara, por mirarme con esos ojitos llenos de amor.

 

Juan Carlos Pascual

viernes, 16 de marzo de 2012

SUS OJOS VERDES NOS SALVARÁN

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Ella era especial, bien lo sabían los habitantes del pequeño poblado en el que nació en pleno desierto, pues pronto comprendieron que tenían con ellos a una de esas criaturas venidas al mundo para cambiarlo.  Su apariencia era humana, pero su procedencia era lejana, del lugar donde las estrellas son forjadas a base de destellos divinos.

Antes de llegar a la Tierra, le tatuaron en el corazón con lágrimas solares la misión que debía cumplir en nuestro planeta.  Se trataba de un trabajo a largo plazo, que debía ir fraguándose con el transcurso de los años, dando un giro radical pero sutil a la conciencia de cada ser humano con el fin de hacernos escapar de nuestra propia auto-extinción.

Le concedieron la capacidad de no levantar muros a la pureza con la que nació.  Nunca se cansaría de sonreír, y siempre miraría el mundo con la vibrante sorpresa propia de un niño que incesantemente descubre los mecanismos de la vida.  Y precisamente esa era la parte más importante de su trabajo, pues esa manera de vivir debería contagiarla a todas las personas con que se topara, creando una cadena infinita que eliminaría los odios ridículos y las disputas que diariamente inventamos.

Y en sus ojos estaba la clave, las señales que nos irían indicando el devenir de los acontecimientos.  Nació con el iris de color blanco, y según pasara el tiempo y se fuera cumpliendo la misión, sus ojos se irían coloreando de muchas y diversas tonalidades.  Y dicen los que conocen esta leyenda que justo antes del momento en que la gran metamorfosis de conciencia planetaria tenga lugar, esos ojos dulces se tornarán de un bello fulgor verde intenso.

Hoy comienzan a elevarse voces por todo el globo forzando cambios, multiplicándose los testimonios de gentes que han sido hechizados por ojos de color verde palpitante.

 

Esta entrada está dedicada a Julia Leyva, que me ha “prestado” sus ojos y su inspiración para la fotografía y el texto :)

 

Juan Carlos Pascual